Por Mtra. Iria Suárez
Vivimos en una sociedad que nos enseña desde pequeños que debemos contener nuestras emociones. Con el afán de fomentar la cordialidad en una sociedad civilizada, aprendemos a ser racionales. Se nos enseña que las emociones son para los niños y que estas son una muestra de inmadurez.
Mientras crecemos, desarrollamos tácticas para sentir menos, para suprimir nuestra experiencia emocional y desenvolvernos de una manera más “adecuada” en sociedad.
¿Cuánto hemos aprendido ya a dejar de sentir?
Esto explica porque nos causa tanto conflicto cuando tocamos de lleno una emoción como la tristeza o porque no somos capaces de manejar emociones como la ira. Hemos aprendido a guardar en el fondo, a anular lo que sentimos, pero no hemos aprendido a manejarlo. Y como cualquier energía que no sabemos manejar, en cualquier momento puede salirse de nuestras manos.

Ciertamente resulta más imperioso aprender a desarrollar nuestra inteligencia emocional que cualquier otra inteligencia. Las emociones son un motor que impulsa al ser humano a moverse, a tomar decisiones, a sobrevivir y a crear mejores respuestas, son un importante mecanismo de aprendizaje y desarrollo que hemos desaprovechado.
Nuestras emociones son energía. Podemos imaginarlas como un río que fluye dentro de nosotros y nos invade cuando activamos el proceso de alguna de ellas. Tal como bellamente lo describe Mijal Snunit en su cuento “El pájaro del alma”, es como si dentro de nosotros tuviéramos cajones, uno para cada emoción, mismas que se liberan como energía cuando elegimos abrir cada uno de ellos.
Michael Sky, define a la emoción como “energía en movimiento” y nos dice:
“Los sentimientos humanos, esas corrientes sutiles, líquidas en parte y en parte eléctricas, surgen como energía vital y esta se mueve alrededor y entre nosotros siempre levantando el espíritu, dando color a los pensamientos, influyendo en los sueños…” (Sky, 2004)

La emoción es una energía poderosísima que nos puede ayudar a dirigirnos hacia nuestros objetivos, revisar el camino, trazar mejores estrategias y detenernos cuando es necesario. Es una energía que debemos aprender a utilizar, no guardar.
Dentro de lo que nos permitimos expresar emocionalmente, existe un factor determinante y es la clasificación que damos a nuestras emociones. Tendemos a separarlas según sean positivas o negativas y esto lo definimos de acuerdo con las circunstancias con las que las relacionamos (agradables o desagradables)
Cuando lo que deseamos en la vida corresponde con lo que sentimos, entonces surge una emoción “positiva”. Nuestra sensación de bienestar no proviene de la emoción en sí, si no de nuestra aceptación de las circunstancias. Cuando luchamos contra lo que sucede, cuando no aceptamos una disonancia en nuestra realidad, es cuando surgen las emociones negativas.
Cuando nuestra emoción surgida es clasificada como negativa, suele ser también reprimida, y esto genera nuevamente una sensación de malestar, que deriva en una nueva emoción “negativa”. Generamos un círculo vicioso de emociones poco agradables.

Nuestras emociones poco agradables, son una respuesta de nuestro cuerpo para generar una reacción oportuna. Por ejemplo: El miedo impulsa la creatividad y motiva a la huida, a escapar de la circunstancia en la que se encuentra el individuo. La ira motiva al ataque y es una forma que tiene nuestro sistema de generar un cambio ante una circunstancia que no es lo que queremos.
Olvidamos que las emociones “negativas” tienen también una función en nosotros para sanar, para acercarnos a otros, para generar respuestas, etc.
Si llamamos a nuestras emociones “fáciles” o “difíciles”, tenemos un parámetro diferente para el uso de las mismas a nuestro favor y de los objetivos que tenemos.
La facilidad o dificultad de cualquier emoción dependen de cuán plenamente aceptamos la situación que estamos viviendo.
En algunas artes marciales como el Aikido, la energía del oponente es usada para neutralizar los ataques recibidos. De igual forma, al fluir con la energía emocional en vez de buscar anularla, podemos utilizarla en nuestro favor.
“Cuanto más exitosamente reprimamos nuestras emociones, menos exitosamente haremos cualquier otra cosa”
Michael Sky